Robert Smith, el transgresor

Tiene 54 años y no piensa, ni por un momento, en irse de los escenarios. El líder de The Cure, la legendaria banda inglesa que este domingo se presenta en el Foro Sol del DF, habla en entrevista sobre la desolación, los excesos de la fama, sus influencias y su legado. El espíritu punk ahora vive en las redes sociales, dice.

 

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El líder de The Cure parece agotado, tiene unas prodigiosas bolsas bajos los ojos y su semblante se ve hecho trizas. “Tuve un día duro, muchos ensayos. Estuvimos practicando nuevas canciones para la gira”, dice Robert Smith mientras clava su mirada hacia el teclado de su laptop y se le escapa un bostezo. “Me gustaría ofrecer una disculpa por mi apariencia cadavérica”, comenta del otro lado de la pantalla de la computadora, mientras nos conectamos vía Skype. En la Ciudad de México son las dos y media de la tarde, en Londres marcan las 21:35 horas.

“Déjame tomar algo para despabilarme, ¿gustas?”, me invita mientras sorbe una taza que podría contener café, té o muy posiblemente jugo de naranja, una de sus bebidas favoritas (es imposible que sea alcohol). “Cuando tenía 14 años, tuve una experiencia que me cambió la vida. Estaba ebrio todo el tiempo y no me importaba. Aprendí que no puedes perder el control, pero no hablaré más de mi vida personal”, dijo en 2004 a la revista Rolling Stone. Estos son los andares de uno de los artistas más trascendentales del rock post punk de los años ochenta y noventa, el ícono contracultural de esa oscura y bella bestezuela llamada The Cure; esa que ha recorrido el mundo entero, alborotándose el cabello y parando ocasionalmente para retomar el aire de vez en cuando. “Este es un camino sin retorno. He elegido una forma de vida que sé hacia dónde me lleva, y sé que puede tener para mí muchos momentos duros y episodios poco sociables”.

—Me recuerdas a lo que decía Van Morrison: “Demasiado tarde para detenerse ahora” —le digo

—La libertad no te la otorgan, tú la tomas. Es duro ver cuántos artistas se venden a los medios, a la industria, a las grandes disqueras. Por eso me gusta tomarme mis tiempos, tener el control de lo que hago y de lo que soy.

—The Cure no ha lanzado disco nuevo desde 2008, cuando editaron 4:13 Dream y el video en vivo Trilogy Live in Berlin (2009). ¿Por qué?

—La industria ha cambiado. Ya no es momento para discos, le gente se ha acostumbrado a bajar canciones. Extraño los viejos días cuando la gente se sentaba en un sillón y escuchaba todo un LP. Creo que la inspiración ha cambiado.

—¿Sientes dudas en cuanto a tu madurez creativa?

—No es eso, sino creo que cada disco que he lanzado está muy bien formado y construido. Creo en la calidad de las canciones y las letras. Estoy muy preocupado de que la gente está demasiado ocupada enviando mensajes de texto, navegando por internet, jugando videojuegos o viendo televisión, en vez de sentarse y escuchar un álbum completo de principio a fin. Es una experiencia olvidada por la gente.

—¿Todavía haces eso?

—(Risas) Me gustaría decir que sí, sobre todo que lo hice, pero en ocasiones quisiera más tiempo para hacerlo.

—Entonces, ¿eres una víctima de las mismas distracciones?

—¿Quién no lo es?

Robert Smith viene de otros tiempos, donde no existían el iPod, ni Facebook, y menos Twitter. Smith creció en un mundo de viniles y cintas; todavía ni se inventaba el compact disc. Smith era la oveja negra de la familia, cambió los sermones  católicos de su familia religiosa por el discurso antiestablishment que sugería el punk. Robert no era el popular de la clase ni el alma de la fiesta: fue expulsado del colegio por ser una influencia negativa para sus compañeros de pupitre.

Era el chico refugiado en la esquina del patio escolar, metido en su propio viaje y socialmente retraído: el adolescente solitario y depresivo que todos ignoran. Fiel enamorado de Mary Poole, su único y primer amor, le escribió las más bellas canciones de amor como Love Song. La vida musical de Robert Smith nació con The Crawley Goat Band, la primer banda que formó a los 14 años, junto a sus hermanos Richard y Janet. Robert y su hermana tomaron clases de piano desde niños, pero Robert prefirió la guitarra, regalo de su familia en una Navidad. En 1976, formó Malice, la banda predecesora a The Cure. Al año siguiente, creó Easy Cure y, en 1978, The Cure.

Robert es un tipo amable, sonríe a la menor provocación y su mirada se extravía en cualquier punto de la habitación. Robert festejará su cumpleaños número 54 en la Ciudad de México, este 21 de abril, tocando en el Foro Sol.

Ahora sabe que desplazarse entre la mullida alfombra humana que aún lo aclama, los aplausos, suspiros y el control de ejecutivos de disqueras es parte de la habilidad del simulacro, como lo ha sentenciado el filósofo Jean Baudrillard. “Estar en el showbiz es como un circo de tintes sombríos, es un mundo de apariencias en las que no puedes confiar”, dice el músico. “Cuando regresas a este negocio te vuelves más maleado y difícil de convencer. Ya no caes con el primer representante que se te pone en frente. He aprendido a tratar con empresarios, promotores de conciertos, label managers. Ahora, yo controlo a los freaks (suelta una carcajada)”.

Sin embargo, Robert Smith lleva muchos años de marqués como para no saber mover el abanico. Para ser parte del negocio se necesita estar del lado de la industria: “Las casas disqueras ya no firman con muchas bandas tan fácilmente. La industria de la música ha sido amable con nosotros desde siempre”.

LA TRISTEZA DA ALEGRÍA

Smith, ese viejo lobo que aún le llora a la agonía, la tristeza y la desesperación, cree que los estados emocionales más oscuros del humano suelen ser los más estimulantes y confortantes para crear: “Las mejores piezas de arte provienen de mentes perturbadas. Creo que el lado más funesto y lastimero del ser humano siempre va a ser el más emocionante, porque ahí es cuando las personas generan empatía y compasión. Las  canciones melancólicas me hacen sentir feliz. Es un estado emocional que te hace sentir acompañado, sabes que no eres el único que se siente así. Es la más bella señal de compasión”.

—¿La música como analgésico y como cura?

—La música no sólo es curativa y calma el dolor, sino también es renovadora. A través de las letras de las canciones puedes transformar la vida de las personas. Mucha gente se ha acercado a mí y me ha dicho que le he salvado la vida. Cuando la gente se siente igual que tú, encuentra la luz en la oscuridad, deja atrás la soledad y el abandono. Cuando vive lo mismo, se ayuda mutuamente. El sentimiento de desolación es un asesino silencioso y puede ser fulminante. Es importante que cuando la gente se encuentre en estados emocionales de desolación, se reúna con otras personas que estén en la misma sintonía, porque sólo así puede surgir la verdadera compasión. Ése es el poder de la música. Cuando escuchaba música de joven, y encontraba canciones de desolación y angustia, sentía que habían sido escritas para mí.

—Además de escuchar música que te mitigaba el dolor, ¿qué te gustaba leer?

—Siempre ha sido una referencia para mí la literatura de Kafka, Camus y Sartre. Me gusta mucho la literatura médica, en particular sobre psicología. El libro El paraíso perdido, de John Milton, fue determinante para mi composición en discos como Pornography. Puedes encontrar cosas como The Cockatoos, de Patrick White, en la canción The Lovecats. Me gusta J.D Salinger, la poesía de Baudelaire y su obra Les Yeux des Pauvres. Les Enfants Terribles, de Jean Cocteau, fue esencial para A Letter to Elise, del disco Wish. Son interminables los libros que me han inspirado.

—¿Cuáles de tus discos te hacen sentir más orgulloso?

—Creo que el disco The Cure, de 2004, tiene un poder hermoso y describe exactamente a mi persona. Muchas de las canciones fueron escritas en el más estricto sentido autobiográfico. Otros de mis álbumes favoritos son Pornography, Disintigration y Bloodflowers.

—¿Qué te estimula a continuar?

—(Hace una pausa larga y mira hacia arriba, como tratando de buscar las palabras en el techo de su habitación) Me gusta lo que hago pero, ¿qué me ha mantenido con esas ganas de continuar? Supongo que es el ego. Me imagino que soy un tipo vanidoso que le gusta el reconocimiento y el elogio. Quien te diga que no le importa lo que la gente piense de su trabajo, es un mentiroso. Los artistas, además de obtener ganancias económicas con giras y ventas de discos, vivimos mucho de las críticas y el reconocimiento. Si mi trabajo fuera estar en una oficina poniendo sellos a sobres, y la gente me dijera que es una basura lo que hago, no me importaría, porque no hay nada ahí que me defina. En cambio, si alguien me dice que es una basura lo que hice, es como si me estuviera diciendo que yo soy eso. No hay forma de desasociar lo que haces con lo que eres. Me gusta lo que hago, siento necesidad de comunicar mis ideas o hacerme escuchar en el mundo, consolidar mi existencia.

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HISTORIA PUNK

The Cure ha existido desde 1976, cuando Robert Smith y el resto de la banda —de aquel entonces— se conocieron en una escuela católica. Smith es el único miembro original de la banda formada en ese momento. Formados durante la agitación post-punk, The Cure definió un momento distinto en la música británica, convirtió la energía irritante punk en algo romántico y triste. A inicios de los ochenta, crearon una serie de discos melancólicos sin precedentes, desgarrantes desplantes de desesperación como Faith de 1981 y Pornography de 1982, antes de cambiar de dirección y sonido hacia terrenos más pop. Canciones como The Lovecats y Friday I’m in Love, dice Smith, “no fueron hechas con pretensiones comerciales, simplemente sonaban bien para mis oídos. Cuando hicimos Faith nos sentíamos desolados, así que simplemente se volvió la fotografía sonora de ese momento”.

Smith creció en Crawleyn y le enfada que lo consideren gótico: “Es común que la gente que no es gótica crea que The Cure es de ese estilo, pero éramos una banda del movimiento shoegazing de Inglaterra. La gente se confunde con la idea porque me gusta vestir de negro y el maquillaje blanco. Visto de negro porque me hace ver más delgado y no tengo que lavar la ropa a menudo”.

A lo largo de sus más de 35 años de idea musical, The Cure ha creado un legado casi imposible de igualar. Surgidos en la era rabiosa del punk inglés, cuando la Carnaby Street —ese punto que sería obligado en el Foursquare de nuestros días como nido de “antros” punks— albergaban a las bandas más provocadoras y transgresoras de la época. The Cure fue el génesis de una era más sombría y gótica. No eran los niños bonitos de The Smiths ni pretendían serlo. Ellos llegaron con cabellos alborotados, expresiones perturbadoras y un aire melancólico que, incluso, fueron calcados a papel carbón por los mexicanos Caifanes.

—¿Qué se siente haber influido a la cultura pop con tu imagen, peinado y actitud? Durante los ochenta, muchas personas querían verse como tú.

—(Risas) Me hiciste sentir como Simon LeBon (vocalista de Duran Duran), sólo que yo no era tan atractivo. No me gustaba ser tan imitado, ¿sabes? Creo que eso pudo haber afectado mi propuesta. Jamás tuve el deseo que mi imagen pudiera afectar a mi música. Había mucha gente haciendo cosas buenas y con una imagen fuerte, como Siouxsie Sioux (de Siouxsie and the Banshees) o Sisters of Mercy. No éramos los únicos, pero sí fuimos los más impactantes a nivel mercadológico. Representábamos a una generación, la imagen era parte de una apariencia de tribu. Es parte de un sentimiento de identificación y empatía, solamente.

—Ustedes empezaron como una banda de punk. ¿Qué mantienes de esa filosofía?

—Sigo siendo un transgresor. No me gusta ser parte de la manada. Lamentablemente, la filosofía punk sólo es un sueño. Realmente no cambió mucho las cosas, sólo hizo un poco de ruido y se acabó. En la industria musical, provocó que muchas bandas hicieran cosas independientes y propositivas. El espíritu punk ahora vive en las redes sociales e internet. Son una manada que se mueve de manera autónoma. Tiene su propia mente y criterio. Hay mucha música independiente que vende sus productos sólo por internet. Eso es una actitud punk y apoyo a todos esos artistas que toman el control de su promoción, distribución y producción.

—Hablas de una espiritualidad en el punk. ¿Te consideras una persona espiritual?

—Sí, en el sentido de estar en contacto con mi propia alma para cumplir mis necesidades creativas. La industria de la música está llena de gente que claramente no está cumpliendo con su trabajo. Hay mucha gente que ha perdido el sentido y las razones de lo que hace, a comparación de cuando inició o se enamoró por primera vez de su proceso creativo. La industria aplasta a la gente y la forza a pensar que tienen que hacer música para complacer a otras personas. Esa situación es la antítesis de mi espiritualidad. Para mí, la espiritualidad significa tocar a otras personas con tu trabajo. El arte es una especie de espejo: si otras personas se ven reflejadas en lo que estás haciendo, entonces tiene sentido lo que haces. La música espiritual es hacer que las personas sientan que son parte de una conciencia colectiva.

—Las nuevas generaciones sólo tienen como referencia de punk a bandas como Blink 182 o Green Day.

—Es curioso, porque esas bandas no tienen nada que ver con el espíritu original del punk. Parecen niños jugando a ser rebeldes. El punk en Estados Unidos jamás tuvo un sentimiento como el británico. Si acaso The Ramones tuvieron un intento, pero creo que el mensaje era distinto. En Inglaterra era escupir al sistema y decirle “fuck you!”. Era tener una actitud violenta y dar puntapiés a los poderosos, no sólo a nivel político, sino también económico y social. Siempre quise tener esa rabia que transpiraban las canciones de Joe Strummer de The Clash. Había también gente valiosa como Elvis Costello, que hizo grandes aportaciones a la era post punk. Es lamentable que las nuevas generaciones no tengan acercamiento a la música de The Clash, The Sex Pistols, The Stranglers, The Damned o The Buzzcocks.

—¿Qué extrañas de tu juventud?

—La capacidad de asombro. Recuerdo cuando escuchaba por primera vez música, o leía un libro que me marcaba, sentía algo intenso dentro de mí. Cada vez ha sido más difícil volver a sentir algo parecido. La sensación de tocar en pequeños clubes jamás la volveré a sentir. Realmente, el éxito y la fama llegó lento. Empecé a tocar cuando tenía 17 años, pero no fue hasta 15 años después que nos volvimos grandes con el disco Disintigration. La fama es un producto de consumo y  causa mucho dolor. La celebridad es ridícula: hoy lo eres y mañana la gente te pregunta “¿qué fue lo que hiciste?”. Es algo bastante peligroso para la gente y puede llevar al suicidio. Kurt Cobain (vocalista de Nirvana) murió de intoxicación de fama, se quitó la vida a los 27 años. Creo que ahora soy un hombre feliz con mis errores y desperfectos. Me siento en paz conmigo.

—Freud escribió que las recompensas a las que un artista aspira son el honor, la fama, el poder, la riqueza y el amor. ¿Te identificas con eso?

—Cuando comienzas una carrera siempre buscas cosas que supones que te dan prestigio y valor. El dinero jamás fue una prioridad en mi carrera, sólo deseaba conocer más gente y lugares. Existe cierta verdad en esa declaración: un artista busca el reconocimiento, ser alguien mejor.

MUCHAS DÉCADAS ATRÁS

Ante el mundo, pareciera que a sus 54 años le queda mucho camino por delante, en todo sentido: “Mi historia todavía no termina. Creo que con el tiempo he dejado de ser un tipo melancólico. Me gusta la vida, disfruto conocer gente, visitar nuevos países, descubrir música o arte que me inspiren. La vida no es un manto negro”.

Los minutos pactados con la agencia que lo representa para la entrevista transcurrieron sin tregua. Smith decide hacerme un guiño diciendo: “Me llevan, ¡tengo que irme antes de que alguien nos reclame! Fue un placer hablar con alguien de México. Nos vemos pronto, te aseguro que será una gran fiesta esa noche”. Se va de la pantalla con una sonrisa que se antoja invisible en su rostro, y esa mirada pasiva que contempla paisajes invisibles de agonía, melancolía y alguna otra adorable perturbación.

© Domingo & Juan Carlos Villanueva

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