Crónica de The Cure: Noche de largo aliento

La semana pasada, la legendaria banda inglesa The Cure comenzó la etapa europea de su gira mundial, llamada sencillamente “Tour 2016”. Estocolmo fue la 3ª parada en este recorrido, para la cual fueron acompañados por los escoceses The Twilight Sad.

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Había grandes expectativas sobre el concierto. Muchos fans habían viajado desde Helsinki, la anterior fecha – donde la banda no había tocado desde hacía 20 años- esperando cambios significativos en el setlist. Y es que lo que impresiona es el interés genuino de la banda en el repaso de su propia historia: The Cure ha ensayado noventa canciones para poder variar tanto como sea posible en ésta gira. Lo que nos hace pensar en otras bandas de estadio, que ya podrían hacer lo mismo en vez de tocar prácticamente las mismas canciones noche tras noche. The Cure ofreció un puñado de rarezas, algunas que no habían sido tocadas en directo en unas tres décadas y otras inéditas en vivo.

Se apagaron las luces y unas campanas sonaron en la oscuridad. Una especie de apertura flotante e hipnótica dio inicio a “Plainsong” e inmediatamente a “Pictures of You”, seguida de “Close Down”; un tríptico idéntico al que aparece en el disco ‘Disintegration’ que obedece a una atmósfera que encaja perfectamente con la helada lluvia de otoño que se asentó sobre Estocolmo esa noche. La apertura provocó grandes sensaciones, reflejadas en los rostros de los asistentes. A pesar de que ser un inicio relativamente tranquilo, pronto se pasaron al rock psicodélico con gemas como “The Baby Screams” y “Push”, provocando la reacción del público.

La acústica del Globen es de las más impresionantes que he experimentado en la vida. De hecho, el sonido era tan claro como el cristal, como estar escuchando un álbum en el salón. A Robert Smith se le veía igual que en los 80, vibrante y simpático. Sabiendo que el concierto va a durar mucho tiempo, el estado de ánimo en un principio es un poco perezoso y, aunque los suecos no son famosos precisamente por su efusividad, bailotean en sus asientos. Los aficionados de más de cuarenta añitos se toman todo muy tranquilamente. ¿Es más fácil hacer frente a los treinta y pico éxitos gigantes que se esperan si se lo toma uno con calma? Mientras busco la respuesta, pienso en como “In Between Days” y “Just Like Heaven” se deslizan más allá del tiempo.

Con casi cuarenta años de carrera, es obviamente difícil elegir qué canciones tocar, pero The Cure escapa del espectáculo y entran en la dimensión del contenido con “Sinking”, una interpretación tan intensa que provocó desmayos en las primeras filas.

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En “A Night Like This” la imagen del grupo se proyectaba escala en las cinco pantallas y se perdía en el infinito. Robert Smith emitía a menudo un cuasi aullido, que le hace parecerse a un gato satisfecho. Su pelo enredado se ha tornado gris, pero esa voz que le sale de los labios rojos pintados descuidadamente provoca tantas cosquillas como siempre.

El grupo es atravesado por haces de luz, decenas de ellos, e inicia “All I Want”, una forma de canción-lamento con corte directo a “The Walk”: es como estar en una montaña rusa, en un viaje esquizofrénico por diferentes emociones y estados de ánimo. Desde canciones – en apariencia- ingenuas, a la paranoia, el delirio y la sensación del fin del mundo.

En “The End of the World”, un garabato salido del arte del álbum The Cure baila en las pantallas al ritmo de la canción. Al finalizar, las luces se quedan bajitas primero en tonos azules y luego púrpuras, mientas se escuchan las primeras notas de “Love Song” que musicalmente suena algo menos deprimente y directa. En las sombras, Robert Smith coge la guitarra acústica para dar inicio a un set electroacústico, que inicia con “Friday I’m In Love” y la gente enloquece. En las pantallas se proyectan corazones con la estética del álbum ‘Wish’. Al terminar, sigue “Doing The Unstuck”, dejándonos un tono agridulce.

Es sorprende lo bien que conserva la voz Robert Smith, quien se muestra de buen ánimo, bailotea y conversa entre algunas de las canciones. Al terminar “Boys Don’t Cry”, comenta, al tiempo que coge su guitarra acústica: “Sé lo que estáis pensando: ¿Ahora qué van a tocar? A partir de aquí, ya sólo pueden ir cuesta abajo.” Sin embargo, tocaba el turno de otra joya: “Jupiter Crash”, una delicia musical, a la que le sigue “From the Edge of the Deep Green Sea”; la yuxtaposición entre ambas resulta simplemente fenomenal. Las guitarras Reeves Gabrels acompañan a Smith llorosas. Riffs inolvidables, angustiantes. Al fondo, en las pantallas, una imagen del mar durante una tormenta eléctrica, mientras la banda está inmersa en una luz azul. Robert deja la guitarra acústica para conducir a otra parte más eléctrica con “The Hungry Ghost”, seguida por una fantástica interpretación de “Disintegration”.

Primer Encore. Yngwie Malmsteen expresó una vez su total incomprensión ante el dicho “Menos es más”: “¿Cómo puede ser más, menos? Es imposible: Más es más…”. Robert Smith probablemente estaría de acuerdo.

Cuando The Cure dio un concierto en el Royal Albert Hall, años atrás, The Guardian escribió que deberían haber reducido el concierto a noventa minutos. La banda rechazó las críticas: “Cuando vemos un artista que somos aficionados, no queremos que el concierto termine. Eso es lo que significa ser un fan, ¿verdad?”

A su regreso al escenario, vendría otra rareza: “It Can Never Be The Same”, pieza profundamente sombría en la que Robert Smith suena bastante atormentado; uno de los estrenos predilectos de esta vuelta al mundo. Ya sumergidos en esta atmósfera angustiante vendría “One More Time”. Al finalizar, Robert coge una flauta que cuelga de su micrófono y las primeras notas de “Burn” se asoman. Desesperación llevada al extremo con el beat de Jason Cooper, que transformó la pieza en directo, contrastando unas percusiones casi festivas con la línea de bajo oscura y siniestra.

Las lucen quedan muy bajas y algunos haces verdes comienzan a filtrarse. Con los primeros acordes de “A Forest”, la gente bailó emocionada. El bosque delirante de sus pesadillas se proyectaba en el fondo dando vueltas. Hacia el final, cada acorde en el bajo es acompañado por casi diez mil palmas.

Segundo Encore. Los conciertos de The Cure no siempre ha sido tan largos. A finales de los años 80, se contentaron a menudo con veinticinco canciones. Pero después de que ‘Wild Mood Swings’ marcase el fin de su apogeo comercial en 1996, las listas de pistas comenzaron a expandirse. Tal vez sea una manera con la que Robert Smith mantiene la confianza en sí mismo, o tal vez sea sólo el gusto de tocar lo que le da la gana.

La banda sale del escenario unos minutos y, al regresar, Robert se frota el pecho y agradece tímidamente: “Tack!”. Entonces abordan la sombría “Shake Dog Shake” para conducir a otra pieza siniestra favorita: “Fascination Street”, repleta de riffs inolvidables y luces que formaban partículas de colores brillantes flotando en las pantallas del fondo, acentuando la atmósfera psicodélica y extraña. Inmediatamente inician “Never Enough”, en apariencia marcando un fuerte contraste; sin embargo, la audiencia participa y canta, al igual que con “Wrong Number”.

La banda sale nuevamente del escenario pero regresan pronto; quizá son conscientes de que es domingo y probablemente algunos de los asistentes trabajen al día siguiente. No sé porqué, pero este pensamiento me hizo recordar el momento en 2013 en el que el icono goth celebró su cumpleaños con un maratónico concierto de cincuenta canciones en la Ciudad de México, sacudido por un terremoto de 5,9 grados Richter.

Todavía quedaba un tercer encore. Y una especie de temblor es lo que provocan al regresar con los primeros acordes de “Lullaby”, reviviendo al públicio. En las pantallas se proyecta una araña en una telaraña gigante, moviéndose lenta e hipnóticamente. Al terminar, más sorpresas, y es que tocaron “The Perfect Girl”, una rareza que apenas han interpretado en vivo desde 1987. “Hot Hot Hot!!!” puso a cantar a los suecos de nuevo. Ya en la onda agridulce, continuaron con “The Caterpillar”, para seguir con “Close to Me”.

La banda agradeció con un bailable “Why Can’t I Be You?”, entregados al público. La banda enfrentó treinta y cinco canciones y ha estado de pie en el escenario durante más de tres horas. Robert será pálido y anémico, pero rockear sin parar no parece ser un problema. La banda tocó con sereno entusiasmo y fuego. De hecho, Simon Gallup bailó como un loco poseído por todo el escenario durante todo el concierto.

¿Será esta la última vez que veamos a una de las bandas favoritas de la historia? Si es así, sería un final muy digno. Pero la música persistirá durante generaciones.

Póster de la gira de The Cure en España (2016), pasando por Madrid, Bilbao y Barcelona en Noviembre

© Rebeca Martell

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