Por qué The Cure rompió su promesa y vuelve después de 26 años

Los shows en Ferro de 1987 fueron una lección de rock; te contamos los motivos por los que a Robert Smith le llevó casi tres décadas animarse a venir nuevamente a Buenos Aires, dos días antes de que toque en River.

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La noche del martes 17 de marzo de 1987, los miembros de The Cure estaban en los vestuarios de la cancha de Ferro, ubicados debajo del campo de juego, esperando salir a tocar. Si sentían que algo raro flotaba en el aire, no lo demostraban. Tomaban vino, comían algo, conversaban amablemente. No había jeringas ni histeria. Era sólo otro show en el culo del mundo, una nueva escala en el largo viaje de una banda de rock en su momento de gloria, sin afectación ni divismo. Para el público argentino era un acontecimiento único: un grupo anglo que llegaba a un estadio local en su pico artístico y popular. “De pronto empezamos a escuchar un griterío infernal”, recuerda Fabián Couto, encargado de acompañar a los Cure de sol a sol en Buenos Aires. “Para saber qué estaba ocurriendo corrí la tapa de acero, la que cubre la entrada del túnel por donde salen los jugadores; del otro lado había corridas y la gente gritaba. Justo cuando voy a cerrar esa compuerta, veo a centímetros de mi nariz cómo un fierro atravesaba la tapa. Era tal el caos que, más allá de tratar de proteger a los Cure, yo tampoco sabía qué decirles. Fue como encontrarte de golpe en el medio de un tifón.”

En ese momento, Daniel Grinbank -productor de aquellos shows históricos- ordenó sacar a la banda al escenario. “Nunca vi a músicos con tanto miedo antes de salir a tocar”, recuerda Couto, hoy un reconocido periodista gastronómico y mánager de Mimi Maura. “Les insistí mucho que la única forma en que la cosa volviera a su curso normal era que la gente escuchara los primeros acordes. Creo que Robert Smith se plantó frente a sus compañeros y les dijo «hay que salir a tocar».” Cuando salió a la noche de Caballito y se dispuso a sacudir las primeras notas de “Shake Dog Shake”, Smith no terminó de entender qué pasaba ahí abajo. Después anotaría en su diario de viaje: “Afuera, el campo no tiene nada que envidiarle al centro de Beirut”.

Pasaron veintiséis años y ese show, con el tiempo, cobró dimensiones míticas, no sólo por los desmanes sino porque, en estas décadas, The Cure permaneció como una gran influencia del rock global, y el culto local a la banda se mantuvo más allá de la promesa de Robert Smith (ahora a punto de romperse) de no volver a pisar un escenario en suelo argentino. Sin embargo, el expediente “The Cure en la cancha de Ferro” tiene algo de evocación difusa, un banco de niebla que empieza a disiparse gracias a los diarios y las revistas de la época. Las crónicas casi no hablan de música: sólo describen disturbios, corridas y detenciones. El balance: fuego en las gradas, perros policía molidos a golpes por una turba enardecida y hasta un panchero muerto a causa de un paro cardíaco. Datos que amplifican la leyenda urbana pero, más allá de las exageraciones, no cabe duda de que en esas noches de marzo en el corazón de Caballito ardió Troya y sus cenizas nunca desaparecieron. El propio Robert Smith abonó el terreno de lo maldito con jugosas crónicas de guerra desde sus diarios. “En la mitad del set hay varios uniformados con fuego en su cuerpo, con la mayoría de sus camaradas refugiándose bajo el escenario de la incesante y despiadada lluvia de monedas, piedras, butacas y vasos” , escribió. A la distancia, reconstruir las piezas de esas jornadas peligrosas resulta una tarea al menos complicada, porque casi todos los protagonistas, veteranos de las campañas de los 80, sufren el síndrome de la memoria frágil y, al mismo tiempo, esos recuerdos borrosos chocan contra el asombro de haber asistido a uno de los acontecimientos más bizarros de sus vidas rockeras.

Raro suena a poco. Nunca antes los vecinos de Caballito habían visto a tantos freaks juntos caminando por Avenida Rivadavia o bajando del subte en Primera Junta: pelambres monumentales, erguidas o enmarañadas, igual que las pelucas verdaderas de los Cure, desfilaban como nuevos Lukas creados por Miguel Rep para joder a las viejas del barrio. Para Germán Bordagaray, que empezó como fan y luego produjo dos discos tributos -además de seguir varias giras de la banda británica por Europa y los Estados Unidos-, lo que sucedió esas dos noches tendió a amplificarse. “Se hizo un mito de esos recitales que me parece un mito chiquito, un mito de plástico. Para mí mucha gente que estuvo ahí no entendía nada. Cuatro meses antes de la llegada de The Cure, tocó Siouxsie & The Banshees en Obras y la gente la escupió los noventa y cinco minutos del recital. Y no es que recibía dos escupidas cada tanto: llegó un momento que era una lluvia infernal y alucinante de escupitajos.

Por lo general pasa eso acá: todo llega tarde y por lo tanto, si llega tarde, no llega lo que tiene que llegar, porque la cosa es tiempo y espacio. Y acá se pensaba que todo estaba en la misma bolsa: esos grupos eran una forma cercana al punk y en el punk se escupía. Un reduccionismo estúpido. Toda la gente que estuvo en Siouxsie, las cinco mil personas que estuvieron ahí, estuvieron en las dos fechas de The Cure, y también se prendieron en los desmanes.” Si bien él considera que los disturbios están sobredimensionados, también reconoce: “Hubo quilombo, es cierto. Había un montón de pungas en la oscuridad, entonces cada tanto sentías un grito a cinco metros tuyo, porque a una mina la habían pungueado. Corridas, confusión. pero tampoco era Altamont” .

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El contexto social tampoco ayudaba. La primavera democrática del gobierno de Raúl Alfonsín ya había comenzado su caída, el austral se devaluaba y faltaba muy poco para el levantamiento carapintada de Semana Santa. En medio de esa realidad inestable, una banda relativamente nueva para el público argentino llegaba al país en su pico de popularidad mundial. The Cure cortaba una racha de visitas vetustas: sólo The Police (con sus shows de 1980) podía pelear en comparaciones, pero esta vez los recitales serían en un estadio de fútbol y con una campaña de difusión inédita para estos lares. Es cierto que Queen también arribó en un momento de gloria internacional, pero ya hacía rato que se había despedido de la categoría de “banda nueva” para convertirse en un clásico del rock de estadios.

El antecedente más cercano a The Cure en Ferro había ocurrido unos meses antes, cuando Nina Hagen precedió el Festival Rock&Pop en la cancha de Vélez, pero esto era otra cosa: Robert Smith mezclaba misterio y modernidad al frente de una banda nacida del punk, emblema del dark-rock con más hits radiales que cualquier otro nombre de esa oleada opresiva nacida a la sombra del gran Ian Curtis y sus Joy Division. La prepotencia pop de “In Between Days” abría un mundo nuevo en materia capilar; el video mostraba a los oscuros sacudiendo sus melenas crispadas mientras las guitarras acústicas sonaban trepidantes y bailables, una maravilla pop que no llegaba a los tres minutos y marcaba diferencias sustanciales en un tiempo de hits efímeros y ultradiseñados. Esa era la entrada a las fascinantes grietas tenebrosas de The Head on the Door (85), el disco que junto al compilado Staring at the Sea: The Singles (86), una panorámica evolutiva del grupo inglés, ponía al día un ruido de cambio que vencía en las listas de éxitos y en las reseñas especializadas.

Maquillaje, misterio y oscuridad pegaron fuerte en el verano porteño, después de vivir en un delay permanente, glorificando a héroes del jazz rock o dinosaurios aggiornados como Yes. Desde ese detalle, para nada menor, hasta una seguidilla de gestos de devoción, la primera visita de The Cure quedó grabada como una marca generacional:”Recuerdo que fuimos en micro desde La Plata, salimos muy temprano con mis amigos del barrio. La entrada a Ferro fue a través de una fila muy desprolija, como si fuese un partido de fútbol, pero con hinchada dark” , cuenta Guillermo Coda, guitarrista de Peligrosos Gorriones y Juana La Loca. “Teníamos entradas para la popular, pero en un momento dado unos pibes empezaron a patear el alambrado con sus borcegos y el alambre cedió. Ahí nos mandamos por tandas al campo que era un quilombo: cuatro guardias de seguridad para 20 mil personas. Un desbande total con la música muy grave y la iluminación bastante oscura. No me olvido más el olor a jabón Federal que había por todas partes, algo que se usaba mucho para elevar los raros peinados nuevos.” A los 16, Coda quedó de una pieza luego de asistir a la primera noche de las dos presentaciones, pactadas para el martes 17 y miércoles 18 de marzo: “Me mató;cuando terminó sentí alegría y vacío a la vez. Tenía que hacer algo y formé Bar 39, mi primera banda, en la que también tocaba el bajo Pali Silvera (Estelares), otro de mis amigos con los que fuimos a ver a The Cure. Gracias a esa experiencia, decidí que la música era lo mío”.

Con todo, la permanencia de los Cure en Buenos Aires fue totalmente tranquila. El problema surgía cuando se acercaban a la cancha de Ferro. Fabián Couto no sólo era el road manager de la banda inglesa mientras durara la estadía porteña: también era un fanático del dark-rock: “Estaba feliz de tener un acceso directo a ellos. Se hospedaron en el Sheraton mientras los fans acampaban en la puerta. Los recuerdo como gente muy agradable con esa flema inglesa tan característica. No tenían pose de estrellas, me parecieron tipos muy educados y tímidos. Yo he trabajado con Nina Hagen y era todo lo contrario, una mina insoportable. En cambio ellos estaban muy abiertos a propuestas, los llevé a restorantes importantes como el Blue Blanc Rouge, gustaban de comer bien, de beber buen vino. Creo que probaron Rutini y Luigi Bosca, y se notaba que Robert Smith estaba muy interesado en el tema” .

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Salvo por los atuendos y peinados, la conducta de los Cure en Buenos Aires estuvo más cerca de la de un grupo de universitarios invitados a un congreso de astronomía que a la de una banda criada en el sudor maloliente del punk. Del diario de Robert Smith: “Luego de nueve horas de hablar, leer y caer rendido por el sueño, el avión aterriza en Río. Lo asean, llenan de combustible y, luego de dos horas de retraso, volamos a Buenos Aires. Llegamos a las 9 AM, hora local, sintiéndonos menos que bien: hace calor y está horriblemente soleado y todos están usando lentes de sol. Luego de ser sometidos a varias y brutales revisiones y chequeos en el aeropuerto, nos dirigimos por una puerta hacia un auto que nos espera: hay gente por todos lados y una caravana de automóviles con gente que grita, gesticula y nos toca bocina, nos siguen todo el camino hacia la ciudad. Buenos Aires tiene el prototipo de las grandes ciudades, alberga una mezcla entre lo viejo y lo desmoronado y lo que está a medio camino de ser terminado, de entre lo que surge repentina, ruda y anacrónicamente el enorme reflejo de las torres del Sheraton Hotel, nuestro hogar durante los próximos cuatro días”.

La gran sorpresa de ese primer día porteño estuvo en las inmediaciones del hotel de Retiro: más de cien fans instalaron una guardia permanente en el lugar, algo inusual hasta ese momento : “También conocemos al hasta ahora desconocido «Oficial Bananafishbones Fan Club», nos tomamos interminables fotos antes de irnos a cenar una muy sedante comida italiana. Todos nos vamos a dormir a las 12. Un día extraño”.

Nada hacia prever los disturbios de la noche del martes 17 de marzo. Con entradas agotadas y seguridad privada dentro del estadio, el primer show terminó en una gran trifulca que dejó más de cien detenidos y una veintena de contusos. Todavía hoy se desconoce el origen de los desmanes y la reiterada negativa de Grinbank a hablar del tema agranda el enigma. Una versión apunta a una guerra de productoras, en la cual una de las partes intentó boicotear los shows enviando a barras bravas para provocar incidentes : “No tengo seguridad para afirmar eso, pero no me extrañaría que haya sido así”, dice Couto. “Había mucha pica de productoras como hoy también existe.”

Las interpretaciones de los diarios y de las revistas especializadas daban cuenta de una organización desbordada y con grandes fallas; tal vez la más notoria está dirigida a la utilización de la seguridad privada reforzada por perros policía. La edición 288 de la revista Pelo ofrecía desde sus páginas una cruda crónica policial: “La escalada irrefrenable de la violencia comenzó el martes, cuando numerosos grupos de personas comenzaron a violar los controles de acceso al estadio ingresando por techos, paredes y alambrados laterales. Uno de estos paredones que da sobre la avenida Avellaneda fue literalmente demolido por quienes después de encaramarse, arrancaban y arrojaban pedazos de mampostería a la calle.  Una vez en el interior del estadio, estos grupos continuaron su acción depredadora rompiendo todo lo que encontraban a su paso hasta copar un sector de la platea y otro de la popular. A esta altura el nerviosismo había ganado a la multitud que intentaba -en su mayoría- simplemente poder disfrutar de su artista favorito. La situación se agravó cuando los que se habían ubicado en las plateas y populares intentaron llegar al campo de juego. En esos momentos entró en acción una brigada de guardias que, con palos, cadenas y perros, intentaban frenar el ingreso del público.

 

Los alambrados comenzaron a ceder y los primeros en ingresar al campo de juego fueron violentamente reprimidos, mientras que con los perros trataban -en vano- de contener tras los alambrados a los más exaltados. Durante varios minutos todos los espectadores del estadio presenciaron entre absortos y divertidos las persecuciones y posteriores palizas que la guardia pretoriana propinaba a quien ingresaba o, simplemente, pasaba por su territorio. Pero cada vez era mayor la cantidad y más difícil contenerlos. Armados con púas de metal, palos, piedras y cinturones, los que intentaban entrar redoblaban la presión y los perros fueron duramente golpeados cada vez que se acercaban a los alambrados. Finalmente, los alambrados cedieron y una marea de gente chorreó a lo largo del campo de juego. Allí, entonces, comenzó la segunda parte de esta batalla, cuando los invasores se dieron cuenta que la relación de fuerzas había cambiado”.

Mientras la tensión crecía y nadie encontraba una explicación lógica a los disturbios en el campo de juego, Grinbank decidió enfrentar a la multitud subiendo al escenario, pidió un poco de calma pero no dejó de ser un productor a la hora de mandar un mensaje de tranquilidad. Le dijo a la gente que mostrara sensatez, “porque de otro modo no van a venir más grupos de afuera”.

Unas dos horas antes de que sucedieran los primeros incidentes de la primera noche -algo que se repetiría en el segundo show-, los músicos de La Sobrecarga abrieron las veladas como número soporte. Paradójicamente, cuando tocó la banda nacida en Trenque Lauquen y una de las más importantes de la escena dark local, no se produjeron disturbios. “La experiencia fue impresionante”, recuerda César Dominici, guitarrista y cantante de La Sobrecarga. “Estábamos en carpas detrás del escenario pero no podíamos acercarnos mucho a ellos. El ambiente de los shows fue raro, porque entre que terminamos y empezaron ellos hubo como una hora y media de demora. La gente se puso muy violenta y ahí vinieron los desmanes. Para nosotros fueron shows maravillosos: teníamos poco tiempo, algo así como cuatro o cinco temas. El segundo día metimos un tema más y pudimos darnos el gusto de tocar «Viajando hacia el este» con Roberto Pettinato de invitado. El público, después de un comienzo algo frío, se fue metiendo en los temas y terminó con toda la gente al palo.”

El segundo día no hubo disturbios antes del show de The Cure: los problemas comenzaron durante el set de la banda británica. “Había personajes que rompían la mampostería del escenario y se la tiraban a los músicos; era muy bizarro ver bajar a los músicos rodeados de diez patovicas con palos y ellos mirando espantados. Cuando estaban tocando tuvieron que esquivar proyectiles durante todo el show, por eso terminaron antes de lo pactado”, cuenta Dominici.

“Estuvimos con Simon Gallup, que hablaba muy lento y nos entendíamos mejor en inglés. El segundo día por la tarde estuve con Robert Smith, porque estaba en la consola con el sonidista que era nuevo y no los había convencido en el show del día anterior. Le dejé un disco y una remera de La Sobrecarga, me agradeció y siguió con su labor en el escenario. Todos los músicos estaban con cara de pocos amigos: habían estado probando sonido durante un par de horas con el sol pegándoles en la cara.”

En 1987, Andy Cherniavsky trabajaba como fotógrafa para varias revistas especializadas (Rock&Pop, Canta Rock, El Musiquero ) y después de los shows de The Cure en Ferro decidió no cubrir nunca más recitales de rock. “Creo que fue el primer día, un caos total -cuenta-. Los fotógrafos teníamos asignada una tarima que se vino abajo. Había bastante malhumor, porque nos sentíamos el último orejón del tarro. Me acuerdo que a un fotógrafo se lo llevaron en camilla porque le habían pegado un botellazo. Me jodió mucho todo lo que pasó porque no pude disfrutar como a mí me gusta hacer las fotos a un grupo del cual, además, yo era fan. Estábamos muy emocionados de ver a The Cure; era un momento que había una autenticidad en todo lo que hacían. No recuerdo casi nada del show. Fue muy difícil permanecer en el lugar, sufrí empujones y golpes. Nadie nos explicó nada, para los fotógrafos fue como ir a trabajar a una trinchera en donde te pasaban por arriba los desmayados. No teníamos un sector, no había seguridad, terminábamos todos escupidos, con la suerte de poder irte a tu casa con la cámara sana y salva y de alguna manera poder hacer el trabajo.

Como una corresponsal de guerra, Cherniavsky ubica al primer concierto de The Cure en Ferro y el debut porteño de los Ramones en Obras (febrero de 1987) como auténticas maratones del horror. Para Richard Coleman fue todo lo contrario. El líder de Fricción venía de telonear a Siouxsie unos meses antes en Obras y en sus mechas a lo Robert Smith descansaba buena parte de su adhesión a la causa dark. Estuvo los dos días y, aunque no la pasó bien a la salida de uno de los conciertos, rememora con mucho cariño esas dos noches en Ferro: “Fue notable porque llegaba una banda en un momento alto de su carrera, eso no sucedía desde The Police en 1980; estábamos todos muy emocionados. Por primera coincidía nuestro gusto con algo masivo”, se ríe Coleman. “Era sorprendente ver cómo una banda post punk lograba que sus temas se pasaran en la radio y que fueran populares. Yo venía de escuchar mucho Pornography y The Top, y ver que eso le gustaba a tanta gente me parecía fascinante. Me encantó la calidad de los músicos. Era una banda casi independiente, no venían de una cosa virtuosa, y la eficacia y la precisión con que tocaban esas canciones le daban mucha más consistencia al proyecto estético. Uno entendía que esa música era así no, porque les salía así, sino porque estaba practicada para ser ejecutada de esa manera. Era muy lindo verlo a Robert Smith cantando súper bien en vivo, sin desafinaciones a las que uno está acostumbrado. Shows muy compactos, y con una banda muy sólida. Fue una lección de cómo hacer las cosas bien sobre un escenario.”

Coleman fue vestido con todas las galas de un auténtico príncipe dark, todo de negro y con las mechas calibradamente desbocadas: “Estábamos todos con los pelos parados y el tipo apareció con el pelo corto, eso fue increíble. Fue un gran momento. Con mis amigos seguimos hablando de qué bien habían estado esos recitales y lo bien que nos hizo verlos”. A la salida del primer show, Coleman tuvo algunos problemas al quedar en el medio de las patotas y la policía. “Estábamos caminando con mi novia y de repente vemos como una especie de horda a cincuenta metros con un tipo a la cabeza que nos señalaba con el brazo extendido, como diciendo: «¡A ellos!»; nunca en mi vida me había sentido como una presa de caza. Por suerte alcanzamos a escapar, salimos corriendo y nos metimos en mi auto.”

Algunos afirmaban que los vidrios de las casas lindantes al estadio se rompían por el sonido, que el suelo se movía como en un terremoto. La edición del diario La Razón del jueves 19 de marzo difunde esa versión bajo el titular que reza alarma en el barrio: “Una inesperada derivación tuvo el recital del conjunto británico de rock The Cure en el estadio de Ferro el martes por la noche. Las vibraciones ocasionadas por los muy potentes equipos de sonido provocaron la rotura de vidrios de ventanas, especialmente en edificios altos. Los afectados -vecinos del estadio de Ferro- al sentir que las paredes de sus casas temblaban y algunos cristales se hacían añicos, llamaron a la seccional de policía y a los medios de difusión para saber si se estaba produciendo un movimiento sísmico”.

En las dos noches en Ferro, con una concurrencia estimada para cada función en 20 mil personas, The Cure arrancó con furibundas versiones de “Shake Dog Shake”. A pesar de los disturbios y algunos problemas de sonido, los recitales fueron contundentes: desde los hits de The Head on the Door (“Close to Me”, “In Between Days” o “A Night Like This”) hasta los clásicos oscuros como “Charlotte Sometimes” o “A Forest” con la clásica línea de bajo de Gallup, los conciertos dejaron una marca en la frente de muchos, junto a algunos magullones. Los Cure, por su parte, sufrieron cuatro días de calor insoportable que casi los deja fuera de combate luego de las dos interminables pruebas de sonido (hay fotos muy graciosas que los muestran con toallas blancas sobre sus cabezas). En una conferencia de prensa de carácter fronterizo, a Robert Smith le preguntaron sobre su salud mental y si eso influía en las letras. Después de la experiencia, la banda tachó a Buenos Aires de sus agendas de gira.

Ahora que parece todo olvidado y que The Cure toca este viernes en River, el diario de viaje de Smith adquirió un valor menos traumático de esos días que vivimos en peligro. Antes de pasar al capítulo Porto Alegre de la gira, el cantante registraba el caos y el clímax del último show porteño, el que lo convenció de que ésta no era una ciudad a la que planeara volver. “Cuando una botella de Coca me da justo en la cara durante «10:15», paro de cantar y encaro a la multitud. Terminamos con una gloriosa versión punk-trash de «Arabs-a-Go-Go» y nos vamos. Afuera, el campo no tiene nada que envidiarle al centro de Beirut y estamos más que aliviados de haber podido alcanzar el refugio del hotel. Me voy a la cama hecho pedazos, los otros pasan la mayor parte del tiempo en el bar, mientras yo sueño con asesinatos…”

© Oscar Jalil & Rolling Stone

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